¿Te has puesto a pensar por qué, a veces, por más que te esfuerzas, las cosas no salen como esperabas? Hacemos planes, estructuramos nuestras metas, nos levantamos temprano a luchar por nuestra familia, pero muchas veces sentimos que avanzamos contra la corriente o que caminamos por una cuesta empinada que nos roba el aliento.
Hoy quiero que hagamos una pausa y miremos una realidad muy sencilla, pero profundamente transformadora. Si miramos a los primeros seguidores de Jesús, aquellos que lograron cambiar el mundo y tocar corazones sin tener riquezas ni grandes recursos, descubrimos un secreto. La clave de su éxito no era su inteligencia humana ni sus estrategias; era algo mucho más grande: La mano de Dios estaba con ellos.
¿Qué significa esto para ti y para mí hoy, en medio de nuestra cotidianidad? Significa que no podemos andar por la vida actuando únicamente con nuestras propias fuerzas. ¿No será que la razón por la que tus proyectos a veces fracasan o se estancan es porque no los estás poniendo en las manos del Señor? Queremos que nuestros planes prosperen, anhelamos paz en nuestro hogar y éxito en el trabajo, pero soltamos la mano de Dios en el momento en que empezamos a tomar decisiones.
Prendes las noticias o miras a tu alrededor y ¿qué encuentras? Rabia, desánimo, desconsuelo, incertidumbre. Y es que cuando el ser humano se aleja de Dios, tristemente se dedica a dañar, a destruir, a fijarse en lo negativo y a ponerle la zancadilla al que va al lado.
Pero cuando una persona le da participación a Dios en su vida, su forma de existir cambia por completo. Una persona que camina de la mano del Señor es capaz de ver la gracia incluso en medio de la tormenta. Es alguien que, en lugar de criticar, hace el bien; que sabe guardar silencio con prudencia y hablar con bondad. Su vida entera, incluso sin decir una sola palabra, grita que algo diferente pasa en su interior, porque el amor de Dios habita allí.
Por eso, hoy te invito a tomar una decisión, un consejo que concentra toda la fuerza de la fe y que te ayudará a encontrar la paz que tanto buscas: Sigue unido al Señor con todo empeño.
No te sueltes. No te sueltes porque este mundo, con su ruido y su prisa, fácilmente te arrastra, te distrae y te agota.
Quiero terminar con una invitación para tu corazón. No te guardes esta luz solo para ti. Mira a tu alrededor. Seguramente muy cerca de ti hay alguien que está pasando por un momento oscuro, alguien rebelde, una persona que viene peleando con la vida o que siente que Dios la abandonó. Quizás el Señor te la está poniendo enfrente para que seas tú quien, con una palabra de aliento, con bondad y con fe, la ayude a encontrar el camino de regreso a casa.
No camines solo. Deja que Dios participe en tus planes, y verás cómo todo empieza a tener un sentido nuevo.
Digan conmigo: ¡Amén!